MANIFIESTO
DE SANTIAGO
Reunidos en
Santiago de Chile, los días 8 y 9 de noviembre de 2007, en el
marco de la Cumbre por la amistad e integración de los pueblos
iberoamericanos, los representantes de organizaciones sociales,
políticas y culturales, de pueblos originarios, entidades
académicas, artísticas y ciudadanos en general, hemos
debatido, en un marco de pluralismo y respeto, las contradictorias
realidades de nuestra región y concordado acciones que
permitan avanzar hacia la democratización, unidad, soberanía
y autodeterminación de nuestros pueblos y naciones.
EL NUEVO PROTAGONISMO SOCIAL
Constatamos, esperanzados, el resurgimiento de un
extendido protagonismo de los movimientos sociales, y fuerzas
políticas progresistas cuyas luchas articuladas, cada vez más
amplias y persistentes, han influido decisivamente en la elección
–en diversos países– de gobernantes afines y sensibles al
gran ideario de emancipación, unidad e integración
latinoamericana, impulsando procesos de cambio en la región,
que valoramos como un avance de gran proyección histórica.
Ya podemos hablar
de futuro y diseñar estrategias basadas en la solidaridad y la
cooperación de nuestros pueblos, porque tenemos presente y
evocamos, hoy, a líderes y movimientos que ayer derrocharon
heroísmo y tenacidad inconmensurables. Lo decimos desde Chile,
donde la
codicia entró con la espada y la cruz para
aplastar, después de 300 años, la resistencia ejemplar
del pueblo mapuche; a 100 años de la masacre de trabajadores
chilenos, peruanos, bolivianos, argentinos y españoles en la
Escuela Santa María de Iquique. En este país, donde las
empresas transnacionales activaron la maquinaria militar y financiera
del imperio para derrocar al Presidente Constitucional Salvador
Allende e impedir su proyecto de transformaciones sociales y de
unidad latinoamericana; donde las bayonetas sirvieron a la
plutocracia y al capital extranjero para entronizar un modelo
neoliberal que se traduce en la extrema concentración de la
riqueza, la exclusión social y política de las grandes
mayorías, donde los poderes fácticos y el gran capital
han pasado a controlar la política, los medios de comunicación
y la institucionalidad.
La nueva realidad política del continente y sus
promisorias perspectivas reconoce una multiplicidad de vertientes
sociales, culturales e ideológicas que adoptan originales
métodos y estructuras, diversos
lenguajes, formas de lucha
y propuestas programáticas. En esa diversidad, antitesis del
dogmatismo, sectarismo y hegemonismo, radica su fuerza y su
legitimidad histórica.
A partir de las demandas por la protección
del eco sistema, la defensa de la tierra, los territorios y los
derechos de los pueblos originarios, el rechazo a la expoliación
y enajenación de nuestros recursos
naturales, las
reivindicaciones de los trabajadores, el rechazo a la expropiación
de los ahorros previsionales, la denuncia de las bases militares
estadounidenses en sectores estratégicos del continente, la
defensa de los derechos humanos, el fortalecimiento del rol del
Estado en los emprendimientos productivos y para garantizar el
derecho ciudadano a la Salud, Educación y Vivienda, Trabajo y
Previsión, contra la discriminación de la mujer y los
adultos mayores, por los derechos de la juventud y otros sectores
avasallados por las políticas neoliberales, los movimientos
sociales avanzan hacia propuestas políticas unitarias ante los
grandes problemas nacionales y contribuyen a levantar una nueva
alternativa que permita a Latinoamérica y el Caribe intervenir
con
fuerza propia en los candentes problemas que afronta la
humanidad.
Por
lo mismo es que rechazamos aquellas prácticas que buscan
atomizar a las organizaciones sociales subordinándolas como
insumo de políticas estatales funcionales que apuntan a
perpetuar el modelo económico e institucional.
Los movimientos
sociales ya no se conforman con cambios cosméticos sino
plantean un rechazo total al actual modelo de dominación
económica, política y cultural que implica la
comercialización de todos los ámbitos de la vida
pública y personal y el ánimo de lucro como supremo
valor de una sociedad que percibe a cada individuo como rival del
otro. Lo anterior, en consonancia con la crítica que hacen los
pueblos, a nivel mundial, a la globalización depredadora y a
la guerra como
solución a los problemas de la humanidad.
Por su parte,
las fuerzas políticas que buscan alternativas al sistema
imperante, tienen el desafío de encontrar nuevas formas de
interlocución y complementación con las luchas
sociales, en el entendido que ambas esferas se retroalimentan y se
necesitan.
UNA
INTEGRACIÓN DESDE LOS PUEBLOS Y PARA LOS PUEBLOS
Entendemos la integración
regional como un proceso de enriquecimiento mutuo, de potenciamiento
de nuestras fortalezas, de nuestra capacidad de intercomunicación
con el mundo, partiendo del reconocimiento del ser humano a cuyo
bienestar y felicidad deben subordinarse todas las
políticas
públicas.
En
la forja del futuro de América Latina y el Caribe, podemos
construir ciudadanía con lo mejor de cada pueblo y cultura que
la compone. Su integración debe darse desde la misma base
social, partiendo de las siguientes premisas esenciales:
• La recuperación de los recursos
naturales, mineros, hídricos, pesqueros, forestales y
energéticos; la reforma agraria y la soberanía
alimentaria como procesos que salvaguarden la participación y
los
intereses de los pueblos y naciones.
• La integración
energética en armonía con el medio ambiente.
• Los acuerdos de integración
económica deben poner el acento en las múltiples formas
de economía solidaria, protegiendo el rol de la micro, pequeña
y mediana empresa.
• Este
proceso admite múltiples modalidades institucionales en el
ámbito sectorial y territorial, con diversos grados según
la realidad de cada región. En tal sentido, apoyamos el
surgimiento de instrumentos tales como el ALBA, Banco del Sur y
otros, que son expresión de la voluntad integradora de
nuestros pueblos.
•
La lucha democrática debe fortalecer los procesos
constituyentes y la creación de una nueva institucionalidad
que considere el rol protagónico del movimiento sindical, de
los trabajadores de la ciudad y del campo, de los pueblos indígenas
originarios y del conjunto de las fuerzas
sociales. En ese
contexto, saludamos la aprobación, por parte de las Naciones
Unidas, de la Declaración Internacional sobre los derechos de
los pueblos indígenas.
• El desmantelamiento de los mecanismos de opresión
que conjugan edad, clase, sexo, género y etnia
• La
activa solidaridad con los pueblos y gobiernos que construyen caminos
alternativos al capitalismo neoliberal. En este sentido,
denunciamos al gobierno de Estados Unidos por su constante
satanización y criminalización de las luchas sociales y
sus actividades de agresión y hostigamiento a los gobiernos
que adoptan el rumbo de la emancipación popular.
• El respeto y
reconocimiento a las culturas y autonomías de las comunidades
originarias.
• La resolución de los conflictos
históricos entre las naciones, la reducción de los
presupuestos bélicos, el desarme proporcional y progresivo en
todos los países de la región para reorientar estos
recursos a las necesidades de salud y educación.
• El libre tránsito
de las personas y sus derechos migratorios. Nuestros pueblos están
en capacidad de unirse a pesar de la diversidad geográfica,
étnica, cultural y política, para imaginar y construir
otras
soluciones para este único mundo. Sabemos que esta
lucha se enfrenta a enemigos carentes de escrúpulos, cuya
voracidad y hegemonismo han significado enormes tragedias para
nuestros pueblos.
Aún así, tenemos fe en la justicia de nuestros postulados y nos hacemos cargo de las grandes epopeyas que a lo largo de cinco siglos nos han permitido avanzar hacia la condición de pueblos dignos, sujetos de nuestra propia historia.

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